miércoles, 8 de julio de 2009

HALO


Me acostumbré a tu día de sal y arena,
al plenilunio ahogando las edades,
de alma ilesa de paz y de condena
que auna la mañana en dos voluntades,


en un sólo milenio sin cadena
presto a intervenir todas las mitades,
la alegría escasa y voluptuosa pena
lo que empollan las chillonas ánades,


cuanto aleteo prodigio de soltura,
el vértigo del ángel su dulzura,
en las alas que agitan los sentidos


de la niña celeste que se ha ido,
a vivir en lejana partitura,
mínima nota apenas un vahído
cuando ya lo que queda es sepultura.