
Pisa con cuidado mientras se esconde
la sangre que derramada perfora,
escuchad la helada que sorprende
en los campos tétricos de ahora.
Pues la fuente riéndose está maldita
chorreando la miel que tu pones,
la locura más salobre que quita
en el pan remiso de los terrones.
Por un mar de rocío que briega
dormita la labranza salvadora,
donde la rabia de tu mano siega
es el pudor de la espiga surtidora.
Cuando el latigazo desalmado ría
en la carne cansada de alimento,
levantarás tal vez la espada fría
que se vanagloria de su aposento.
El amo que guarda celoso tu piel
no se cansa de multiplicar el grano,
se asegura y aprieta bien el cordel
para que siga encallada tu mano.
El sudor te despierta la herida
olvidada en el descanso amenazado,
aquella ruin moneda perseguida
de descendencia por vientre arrendado.
Tranquilo anda el hierro lamiéndose
dispuesto a la catástrofe anunciada,
terminará uno y otro comiéndose
para acallar la barriga enfadada.
Mientras acostumbra a tu dentadura
con delicadeza a la vianda odiada,
ante la ostentación ve sin premura
cuídate de engordar tras la alambrada.