domingo, 4 de octubre de 2009

INFANCIA



Desde la ceguera que niega al verano
su hospitalidad sofocada,
hasta la era que despabila ecuánime
al grano dormido, pasan sin quedar
transpuestos, diminuto
hilillo que reverdece de brío
al paso de la res por la majada,
que cuajada de la sutil floresta
alumbra un océano sin fin.


Porque la nube delatora, concluye
en su apogeo, escapan las hormigas
de la disciplina más férrea,
ya confundidos los puntos cardinales,
vaga toda la luz que prometió el rayo.


Que angustia suscita al miedo,
pavoroso en la estribación del río,
pasando los troncos que flotan, despacio
como el dolor agudo e irredento,
sonido de esquila a lo lejos
que se asoma a la helada cruenta,
y un murciélago defeca irreverente
al mundo que soñó lo consanguíneo.


Turbado sobrevive el polvo, que emula
una tempestad concertada,
resurge de pronto y se aminora
cual estrella fugaz imperceptible,
mas cuando ya ni polvo es, transgrede
al muro insospechado, levitando
sobre una aureola mordisqueada
por el tiempo y la carcoma,
sólo un recuerdo desajustado
en el cincel del artesano.