sábado, 24 de marzo de 2012

METÁFORA DE TODOS LOS OLVIDOS


Lloveré sobre tu planta dimitida,
seré oreo que prodiga la mazorca,
la hábil enredadera sometida,
el perdón al ajusticiado en la horca.


Luis Sánchez



La voz garante que nos llama cuando rozamos el precipicio y estamos a punto de caer. El misterio que envuelve todo lo que nos salva del abismo. La luz que nos cuida cuando es noche cerrada en las profundidades del entorno más hostil. Siempre están hay con otras caras, con otro nombre que ignoramos para que no se esfumen como humo anunciador de catástrofe sujetada con imperdible.

La ciudad duerme, se cubre de luces que desentonan y parece que caminara bajo un manto de espesura, conspira con un duende adusto para que desmayada, consiga un revoleteo de pájaros que delaten la penumbra. Los colores se bifurcan en la avenida aún caliente, perdura un aroma a chicharrón que delira, en el aire una señal queda desafiante, y el proxeneta regresa para ser el panadero de moral intachable. Anuncios que incitan al pecado, perros que ladran entre contenedores su suerte capada, y una maquinucha intenta limpiar sin conseguirlo el desastre que genera la biocenosis. Una ambulancia encolerizada procura tiempo, serpentea por la lluvia y el aceite de los cárters con dos vidas, la que llegará en cuanto escampe, la que se irá callada y solemne. Mientras los sueños más dispares cruzan veloces el paisaje que sudado se queda siempre en la almohada. Mi pueblo duerme, mi calle se despereza, mi gente descansa, y un viento liviano arrastra una bolsa de caramelos.

Enfundo la ira y regreso a casa, el autobús me deja cerca de mi hogar, es Noviembre el mes de todos los santos, llovizna un triste aguacero. Con cuanta lentitud por el camino de mi infancia me encamino a mi querida casa, recreándome en el paisaje tanto tiempo ausente, gozando de cada paso, respirando el aire de la madrugada, -siempre pensé que el retorno a mi casa sería así-, con las primeras luces del alba, como nacer de nuevo después de morir en otro sitio. La tarde para partir, para decir adiós, la madrugada; para gritar buenos días, estoy ileso y debemos celebrarlo.

Es verdad que la decisión más importante a tomar no depende de nosotros mismos, por el contrario sólo es un instante que pasa y no vuelve, pero mientras eso ocurre se desentumecen gigantes que hasta entonces estaban dormidos, no podemos enfrentarnos a ellos porque nuestro mundo ya es otro por muy reciente y doloroso que sean los que nos han conformado en este lugar, rincones inaccesibles para un retorno que no es posible desde lo lejano en la aceptación y la resistencia que mostramos como condiciones últimas de nuestras vidas.


No nos esta permitido volver y resarcir todo lo reparable, si así fuera nos equivocaríamos tantas veces como regresos terapéuticos nos preparara ese milagro que no se da nunca al menos desde la distancia que marca otros registros para que la nostalgia sea una consecuencia fruto de la invención engendrada desde la irracional catarsis conspiradora, por lo tanto seguimos a este lado libres de venganzas más allá del prodigioso resorte que a veces nos sorprende dejándonos como piedra fosilizada, inerte, por un signo tal vez que nos hace recordar aquello que ya no nos pertenece, no nos reconocemos más allá de esta alambrada, de este día que es el único que tenemos.

La edad, la familia, hasta el nombre, es algo que no escogimos y será lo primero que utilicemos como lastre en la hora de la fatalidad, a lo último que recurriremos para corroborar los intentos de manifestarnos en pro de una salida digna. Cuanto más estiremos la memoria, mas cercanos al dolor estaremos, sin embargo lo de ayer se nos muestra tangible porque todavía se puede renunciar a él, desdeñarlo sin temor ha ser cómplices de su recelo tan insólito, encontramos al niño y no nos reconocemos en el hombre, necesitamos la distancia para perdonar sin que ya hagan falta las palabras, con sólo desearlo es suficiente y todos se darán por indemnizados, sin que ningún gesto nos delate.

Las fechas, las caras, y hasta lo descreído nos perseguirá siempre hasta el final de nuestros días por si fuera preciso levantar acta y así poder reconocerse, postularse de que en un tiempo fueron números, personas, ideas, defendidas de otras seguramente ya cansadas de litigar inútilmente. Lo que nos precedió y mas aún si fueron capítulos susceptibles de mejora escolástica indagarán lo que quieran, pero no hallarán nada que les sirva para aminorar su ya irremediable condición de retrospectiva, su inefable menoscabo en un tiempo que todo lo retrae al ámbito inexpugnable de la inmediatez, testaruda alquimia que nos protege de lo que fuimos, nos salva de lo que somos.

Aquí pervive la alameda aterradora en los años más tiernos, el vallado de tunas con sus higos derramados de azúcar en sus más íntimas entrañas, la vertical exasperación de los olivos tergiversando toda exactitud acrisolada, la sangre que huele todavía en el asfalto ardiendo en la desmemoria itinerante, todos están aquí, no se han ido, ni han venido de un remoto calidoscopio, si otros no lo encuentran es porque no saben amarlos, y aquello que prometen solo son serpentinas que el viento desplaza a su antojo, como las ondas hertzianas que se afanan en confirmarse sin conseguirlo en cuanto aparece esta realidad incontestable, puesta en evidencia si, pero verdad mas allá de las sombras gestadas para la revalida de un mañana empeñado en ser el de todos.


Poner a buen recaudo todas las consignas, todas las claves que nos abrirán las puertas necesarias para indagar tras la esperanza agazapada en el retrato que con el paso del tiempo amarillea en su plenitud exonerada, se hace vital cuando el olvido es de naturaleza consciente, intentamos borrar de nuestra memoria aquello que nos duele o aquello que dejamos perder a sabiendas de que prevaricábamos, en todos los olvidos conscientes, están los olvidados inconsiguientes, ejercitándose a diario en un acto de fe, en una conversión pungente más allá de sentimientos filiales y el estrabismo.
Ponemos en cuarentena todo lo malo que nos afecta, con el valor del que esta convencido de que es transitorio, una cuestión de prioridades tan sólo en la equidad que juramos se aplica siempre, existe un olvido mayor, el olvido que olvida los olvidos, entonces la perplejidad se hace imperante. La perplejidad se produce cuando el conocimiento es tal que deja margen al riesgo, cuando al elegir tenemos que arriesgarnos, mas hay quienes se arriesgan sin perplejidad o con perplejidad rápidamente vencida, el perplejo es una criatura que tiene un ancho campo para elegir y hasta cierto punto una situación privilegiada, el acuciado por la necesidad no anda perplejo, es una situación que supone cierto lujo, lujo de alternativas, lo cual supone una sociedad madura, y un individuo que tiene libertad para transitar por ella.
En el ignominioso hecho del olvido, como en tantas ignominias humanas, se muestra, en su sombrío horror, alguna condición esencial de nuestra vida.
La vida en su espontaneidad resulta monstruosa; pero, sería sumamente revelador el ir examinando estas ignominias, encontraríamos en su fondo una realidad indestructible y necesaria de conocer, como todas las de esta clase, para ser llevada a su medida, a su justicia.

Todo lo que hacemos lo hacemos para que nos quieran, estamos aquí para que nos quieran, todos nuestros actos van encaminados a que nos quieran, pero el amor no tiene nada que ver con la justicia, a veces pensamos que hasta en el olvido se encuentra un acto de amor más desinteresado que el de la probidad, el anhelo que nos hace seguir perseverando en el camino exacto donde las dos partes se encuentren, cuando esto ocurra habremos llegado por fin ha entender lo que de calibrado, tienen los olvidos.
Pasará todo como un río que se sabe provisorio, pasará el amor, la soledad, la vida toda, y ya sólo seremos un olvido más en el común relé de los mortales.

4 comentarios:

Elena dijo...

Plas plas plas plas plas...
Magnífico Luis.
Me quedo con muchas frases pero repito una:
"encontramos al niño y no nos reconocemos en el hombre, necesitamos la distancia para perdonar sin que ya hagan falta las palabras."

Un abrazo.

Luis Sánchez García dijo...

Gracias Elena, ten en cuenta que después de cada olvido nos iniciamos en el aprendizaje de la luz.

Un abrazo.

Taty Cascada dijo...

Además de poeta, un gran escritor. Desconocía esta faceta Luis..."Todo lo que hacemos, lo hacemos para que nos quieran..." ¡gran verdad!. Las actitudes que pensamos altruistas, en el fondo son señuelos para ser queridos y amados.
Un abrazo.

Luis Sánchez García dijo...

Taty, yo no te olvido compañera allende los mares y te doy las gracias, y al árbol verde de tus primaveras, al final somos lo que el tiempo hace con nosotros, secuencias del alma, incluido el olvido.

Un fuerte abrazo