
Ya muy tarde,
casi al anochecer,
ya el sol rojizo y esquivo,
ya la sementera al relente,
ya encendidos los granados
en fresquísima sazón,
y lleno el corazón,
de un otoño impenitente.
Vuelves hombre del campo,
cansado pero contento,
vienes hambriento,
sediento de primavera,
de gozo eterno.
Tendrás un minuto para que ames,
y el tiempo que cercena la esperanza,
el rostro arrugado,
pegado el cuerpo al suelo,
sin que pasen los siglos,
la vida ya torcida por la intemperie,
un aliento robado a la premura,
y el ademán ya sin tibieza y firme
en el deseo de quien espera,
radiante otro día que te glorifique.
Atrás queda el eco que anuncia el fin,
acaso un graznido rezagado,
queda un sudor de sangre
el ser pequeñito e inmolado.
Así es tu vida,
siempre cercana a la tierra
que te coge estremecido,
uncido al surco y a la grama,
tantas veces en el olvido
y hoy como mañana,
por siempre redimido.
Hasta que la blancura compartida
de este recinto que arremete,
te de la tierra final
que siempre te reclama,
y ahora te pertenece.