
La ciudad duerme,
se cubre de luces que desentonan
y parece que caminara bajo un manto de espesura,
conspira con un duende adusto
para que desmayada, consiga

un revoloteo de pájaros que delaten la penumbra.
Los colores se bifurcan en la avenida aún caliente,
perdura un aroma a chicharrón que delira,
en el aire una señal queda desafiante,
y el proxeneta regresa para ser el panadero de moral intachable.
Anuncios que incitan al pecado,
perros que ladran entre contenedores su suerte capada,
y una maquinucha intenta limpiar sin conseguirlo
el desastre que regenera la biocenosis.
Una ambulancia encolerizada procura tiempo,
serpentea por la lluvia y el aceite de los carters
con dos vidas,
la que llegará en cuanto escampe,
la que se irá callada y solemne,
mientras los sueños más dispares cruzan veloces
el paisaje que sudado se queda siempre en la almohada.
Mi pueblo duerme,
mi calle se despereza,
mi gente descansa,
y un viento liviano arrastra una bolsa de caramelos.